
Tomás había terminado de ordenar todo el desastre que hizo con la rabieta y se recostó en su cama a ver televisión. Su habitación era todo un piso de un departamento pequeño; tenía una pequeña sala que consistía en un sofá para 3 personas, una mesita de centro con 1 cenicero de vidrio y 2 banquitos de madera, esos de colección que su mamá le regaló. Al costado, un refrigerador con algunas latas de cervezas y bebidas rehidratantes, mantequilla, queso, jamonada y pan de molde; encima, se encuentran vasos, platos y cubiertos. Detrás de la sala, un escritorio con una sofisticada computadora con procesador Core Duo implementada con tarjeta de video Gforce de 512 mb., una placa Intel con memoria caché de 4.0 ghz., una pantalla LCD de 19’ e impresora HP. Al costado, un pequeño estante donde reposan sus más preciados libros, entre ellos 1984, un mundo feliz, Los Borgia, Memorias de mis putas tristes y algunos más; debajo un potente estéreo con puerto USB. A lado, un baño muy pulcro con todos sus accesorios de aseo personal y un enorme espejo para su vanidad. A la derecha de la sala, una cama king size. Al frente una cómoda donde guarda su ropa; encima, un televisor plasma de 21’, un DVD, un home theater y un play station 3 lo acompañan. A la derecha de la cama, una mesita de noche con un una lamparita, un control universal, uno del DVD y una revista selecciones; un cajoncito viene con la mesita de noche. Dentro, su billetera, sus llaves, su celular y algunas revistas que ya ha leído. Debajo de la cama se encuentran sus 6 pares de calzado. A la izquierda del refrigerador hay una ventana que tiene empotrada una barra con una costosa colección de licores y acompañantes y un libro con recetas de cócteles. Junto a la ventana hay una puerta que da a un pequeño balcón con algunas plantas en maceteros, una mesa con 3 sillas y una vieja parrilla reposan allí, también los accesorios de limpieza; finalmente un lavadero termina el recorrido. Todo estaba a la vista, así consistía su pequeño pero acogedor departamento; además, él vivía solo, comía en restaurantes o en la universidad y mandaba su ropa a la lavandería. Se sentía a gusto con todo, aunque, estaba pensando en comprar una cómoda más grande ya que le molestaba el hecho de tener que apiñar toda su ropa en la actual.
Tomás, estaba viendo el partido, en jornada dominical, entre el poderoso AC Milan y el equipo que siempre juega bien de visitante, el Udinese. 0 a 2 caía en casa el Milan a los 41’ minutos de etapa inicial con dos tantos del ‘Totó’ Di Natale. Al finalizar el primer tiempo cambió de canal e hizo zapping, eran las 4:15 PM, paró en el canal de noticias, informaban de un atentado en una comisaría de Huamachuco, en el departamento de La Libertad; al parecer se trataba de un pequeño brote terrorista en ese departamento que terminó con la vida de 4 oficiales de la Policía Nacional del Perú –Otra vez estos malditos, ojalá los agarren y le saquen la mierda– rogó.
Seguía viendo las noticias cuando oyó el timbre de su celular, era Bruno, el patán, le decía que lo estaba esperando abajo, salió por la ventana y vio un Mazda azul metálico, apoyado en él estaba un muchacho de porte ni muy alto ni tan bajo, 1.77cm. aproximadamente, cabello castaño corto, con los cabellos parados, de tez blanca, ojos negros dominantes, la barba a medio afeitar que le daba el toque de masculinidad, vestía un saco casual abierto de color negro muy elegante y una camisa negra fuera del pantalón que acompañaba con el mismo color, unos zapatos de cuero negro; él siempre se vestía muy elegante y a la vez muy moderno, al final era hijo de congresista. Bruno, el patán, lo saludó con la mano y se prestó a subir. Tomás, inmediatamente apagó el televisor y se fijó que aun tenía la ventana de conversación con Antonella, la bella, abierta y la cerró. Tocaron la puerta, Tomás abrió y estaba ahí parado Bruno, siempre patán.
- Tomás, hermano...
- Hola, Bruno. Pasa, adelante.
- Chévere tu habitación, ah.
- Gracias, cuando llegué esto era una pocilga pero con unos toques quedo bien ¿No crees?
- He visto mejores...
- ¿Qué? - Jajajá, mentira hermano; está de la puta madre tu cuarto, cuantas flaquitas habrás traído aquí ¿Eh?
- Pues a decir verdad algunas pero sólo para estudiar.
- Jajajá...Sí, claro.
- ¿Quieres servirte algo?
- Una chela me caería bien.
Tomás, abrió el refrigerador y sacó dos latas de cerveza, cogió la cajetilla de cigarros y ofreció. Se sentaron.
- Y qué tal, Tomás. Qué hiciste ayer.
- Pues... –recordó que le contaría la verdad– ayer me fui a la disco con Antonella.
- Sí, me enteré. Ayer la pasé a buscar y me dijo que se iban a encontrar. Seguramente te ha contado que le pedí para volver.
- Sí, algo me contó.
- Mira, Tomás. El motivo de mi visita es para preguntarte una cosa y que me respondas con total sinceridad.
- ¿Qué cosa? –supuso que se enteró, siempre hay gente en todos lados para chismosear.
- Bueno, yo sé que entre Antonella y tú hay algo más que una amistad.
- ¿A qué te refieres? –¿Más que una amistad? se preguntó a si mismo. Sólo hemos agarrado y hoy me dijo que prácticamente fui su paño de lágrimas.
- Pues, que ustedes son como hermanos. Se cuentan todo y confían de uno al otro. Qué paja es eso, hermano.
- Pues, sí. Supongo... –respondió aliviado.
- Como tú eres como su hermano quiero que me ayudes a volver con ella. No sabes, Tomás, me cago por ella. La necesito y la extraño muchísimo.
- No creo poder ayudarte, Bruno. Tú sabes bien que la cagaste.
- Tomás, esa flaca, Teresa, es una perra. Aprovechó que estaba borracho y se me lanzó encima y tu bien sabes que nosotros, los hombres, cuando estamos borrachos no podemos decirle que no a un culo y sobre todo al culazo que se maneja ella. Y lo peor que la muy puta le contó...qué tal concha la suya.
- Creo que le dolió más el hecho que fuera con su mejor amiga.
- Esa cojuda se caga por mí. Siempre me andaba coqueteando a espaldas de Antonella. Pero yo nada que ver. Yo estoy enamorado de Antonella, en serio hermano. Ayúdame, porfa.
- Brother, no sé que hacer, en serio. ¿Cómo podría ayudarte?
- Tú eres su pata, a ti te escucha y sigue tus consejos. Háblale bien de mí y cuéntale que esa huevona de Teresa es una perra, que se aprovechó del estado en que estaba.
- No me va a creer. La conozco.
- Pero, has el intento pes. Siquiera que me perdone y me deje explicarle.
- Ella me dijo que nunca perdonaría algo así.
- ¿Te dijo si seguía sintiendo algo por mí?
- Bueno, la verdad...sí, pero...
- ¡Bien, carajo!
- Pero, te quiere olvidar.
- No, no, no. Tú háblale nomás de mí. Ya pes, hermano. Te lo agradeceré toda la vida.
- Veré que hago. Pero, no te prometo nada.
- Chévere, hermano. Puta, si volvemos, te invito un par de chelas en un sitio bien bravo.
- No te preocupes, brother.
- Insisto. Alucina que conozco un sitio de la puta mare en la Herradura que siempre pone.
- Bueno, ya veremos.
- Bien, hermano. Entonces así quedamos. Ya sabes, dile que Teresa es una perra; es más, a un pata mío también lo cagó y le hizo lo mismo contándole a su flaca. Es una reverenda putaza.
- ¿Así?
- Alucina.
- Si pues, tiene una famita esa flaca.
- Si pes, fácil un día de estos se mete contigo jajajá.
- Já.
- Ya pes, hermano. Voy quitando. Tengo unas huevadas que hacer para la universidad. Nos vemos mañana.
- Ya pes, te cuidas.
- Igualmente, hablaos.
- Chao.
Ni bien cerró la puerta, Tomás se quedó pensativo pero sabía bien que no iba a ayudarlo ni un carajo. Además, por más que Antonella, la bella, lo haya cagado igual la seguía queriendo y le deseaba la absoluta felicidad. Sino era con él lo sería con alguien mejor, que la trate bien y la respete. No como Bruno, tremendo huevón y patán.










